Imprenta

Olía a papel.
Un olor muy fuerte a papel brillante
y a tinta de color naranja.

Un olor raro,
aséptico, muy agradable.

Había también
una mesa.
Una gran mesa
con una gran regla
y un gran paquete de tabaco encima.

Todo tan grande,
tan grande y desproporcionado
que me sentí como Alicia:
pequeña,
inundada,
de repente cayendo
por una catarata de agua salada
que me salía de los ojos
y que no podía detener.

Roger
en esos momentos
era
un polo rojo
sobre una percha
de huesos
duros y tiernos
delante
de mí.

Desearía ahora
volver a sentir ese olor a papel
y volver a tocar aquella mesa tan grande
y la regla de un metro de largo
o casi.

Volver a ver el polo rojo
a la luz del fluorescente
y ofrecer
un tesoro
que hayan apretado fuerte mis manos
por su amistad
y por un abrazo
de despedida
como el de aquella noche.

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