Todavía

Todavía te sigo estrechando
la cara entre mis brazos,
todavía te lleno de besos
la frente, el cuello, los labios,
sin poder darle un final a ese instante y a esa noche.
Todavía conservo en mis dedos
tu pelo enredado, delicadísimo,
y tus brazos desnudos
y tu camiseta azul manchada de lágrimas torpes,
inadecuadas, contra mis ojos.

Me sigue el adiós que te dije
a todas partes
igual que un perro necesitado
de la memoria
para continuar a este lado de la vida.
Porque ese adiós en sí mismo
es todo el amor que hubiera querido mostrarse
a lo largo del tiempo
y que se vio comprimido en un segundo
como la luz de un relámpago.
Todavía lo estoy viviendo
y lo noto
traspasarme el cuerpo feo y pequeño
que tú abrazabas con tu particular sincronía.
Tengo tu piel pegada aún y tus dedos
apretados fuertemente, y la risa
que te dio Pedro esa noche
en mi cabeza como una canción
que suena adentro,
que te gusta y que quieres volver a oír
para capturarla exactamente
como es, sin perderle una sola nota.

Nunca hubo más amor
en la esquina de una calle,
ni una duda más grande
ni un corazón más roto.
Debieron venirse abajo los edificios
y agrietarse las aceras
de cómo me temblaban las palabras al hablarte.
De tanta consciencia como arrastraban
todavía me golpean en la garganta.
Siguen siendo un hipo o un trago
que no acaba de pasarse y que me propvoca
una angustia muda, hermética
y un poco muerta.

Te siento. Te siento aún de tal manera
que tu presencia
podría herirme, zarandearme,
fulminarme o hacerme reír hasta no poder
parar ya nunca y ser
tan enfermizamente feliz
que estuviese muriendo de alegría.

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