Doce
Muchas veces me pregunto
qué podríamos hacer
para volver a ser lo que conocimos de nosotros.
Para volver
a espiarnos desde habitaciones separadas.
Para seguirnos en silencio
y alegrarnos de tener nuestras sílabas apunto
(todavía).
Yo, por mi parte, he empezado a escribir este poema
a mano.
Para ti. Como antes.
Como era la costumbre.
Con un bolígrafo sin marca,
con un corazón sin marca,
con una vista nueva sobre tu ausencia.
Una vista que ni a mí misma me consta.
Una vista
para no juzgar,
para que no juzgue ella.
Para evitar tomar parte en la escena erróneamente
por anticipación
o a contratiempo.
Una vista
para esbozarte desde lejos
e ir llegando
como llega una sorpresa de día laborable.
Sin cuñas publicitarias, sin sonido,
sin fuegos de artificio
ni caramelos que se adhieran al cielo de la boca.
Ir llegando
con una fe —puesta en el lado más mísero del cuerpo—
de color beige, hecha a medida,
que me ayudara a avanzar hasta el metro cuadrado
en el que esperas.
Una fe que me alentara a comprobar
que deseas saludarme cortésmente
y me diera paso a preguntarte por las tareas de la escuela
como si no se hubieran desprendido ya diez años.
Como si nunca te hubiese amamantado en otro idioma.
Como si todas nuestras horas
aún charlaran de sus cosas en la esfera del reloj
y continuaran paseando
y sonriendo
y siendo
presente.
qué podríamos hacer
para volver a ser lo que conocimos de nosotros.
Para volver
a espiarnos desde habitaciones separadas.
Para seguirnos en silencio
y alegrarnos de tener nuestras sílabas apunto
(todavía).
Yo, por mi parte, he empezado a escribir este poema
a mano.
Para ti. Como antes.
Como era la costumbre.
Con un bolígrafo sin marca,
con un corazón sin marca,
con una vista nueva sobre tu ausencia.
Una vista que ni a mí misma me consta.
Una vista
para no juzgar,
para que no juzgue ella.
Para evitar tomar parte en la escena erróneamente
por anticipación
o a contratiempo.
Una vista
para esbozarte desde lejos
e ir llegando
como llega una sorpresa de día laborable.
Sin cuñas publicitarias, sin sonido,
sin fuegos de artificio
ni caramelos que se adhieran al cielo de la boca.
Ir llegando
con una fe —puesta en el lado más mísero del cuerpo—
de color beige, hecha a medida,
que me ayudara a avanzar hasta el metro cuadrado
en el que esperas.
Una fe que me alentara a comprobar
que deseas saludarme cortésmente
y me diera paso a preguntarte por las tareas de la escuela
como si no se hubieran desprendido ya diez años.
Como si nunca te hubiese amamantado en otro idioma.
Como si todas nuestras horas
aún charlaran de sus cosas en la esfera del reloj
y continuaran paseando
y sonriendo
y siendo
presente.
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