Llegará un día en el que creeré que no has vivido. Un día en el que sabré que te inventé como inventé un hermano a los seis años para procurar parecerme a todos. Llegará un día (sé que llegará) en el que me será tan transparente tu recuerdo que te confundiré con la nada o la ficción y tal vez para entonces quedes solo, latiendo en estas líneas y en otras anteriores y no en mí. Y quedes frío, y estés compuesto de palabras nada más y duelas menos.
Existe ya una manera de trascender a los segundos, a las horas inacabables, a las noches —e incluso a la aritmética— sin resultar herido: sucumbir al bálsamo de la corriente que fluye en favor de tus días. No es rendición ni olvido, es caridad.
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