Entradas

Doce

Muchas veces me pregunto qué podríamos hacer para volver a ser lo que conocimos de nosotros. Para volver a espiarnos desde habitaciones separadas. Para seguirnos en silencio y alegrarnos de tener nuestras sílabas apunto (todavía). Yo, por mi parte, he empezado a escribir este poema a mano. Para ti. Como antes. Como era la costumbre. Con un bolígrafo sin marca, con un corazón sin marca, con una vista nueva sobre tu ausencia. Una vista que ni a mí misma me consta. Una vista para no juzgar, para que no juzgue ella. Para evitar tomar parte en la escena erróneamente por anticipación o a contratiempo. Una vista para esbozarte desde lejos e ir llegando como llega una sorpresa de día laborable. Sin cuñas publicitarias, sin sonido, sin fuegos de artificio ni caramelos que se adhieran al cielo de la boca. Ir llegando con una fe —puesta en el lado más mísero del cuerpo— de color beige, hecha a medida, que me ayudara a avanzar hasta el metro cuadrado en el que...

Dotze

Ara et fas gran i sembles un altre persona. Com un gatet que de cop i volta es transforma en tigre i ja no te por de res. T'has fet valent i jo pot ser t'estimo més encara que quan éres petit i semblava que tot alló que a mi m'agradava t'agradava a tu també.

Todavía

Todavía te sigo estrechando la cara entre mis brazos, todavía te lleno de besos la frente, el cuello, los labios, sin poder darle un final a ese instante y a esa noche. Todavía conservo en mis dedos tu pelo enredado, delicadísimo, y tus brazos desnudos y tu camiseta azul manchada de lágrimas torpes, inadecuadas, contra mis ojos. Me sigue el adiós que te dije a todas partes igual que un perro necesitado de la memoria para continuar a este lado de la vida. Porque ese adiós en sí mismo es todo el amor que hubiera querido mostrarse a lo largo del tiempo y que se vio comprimido en un segundo como la luz de un relámpago. Todavía lo estoy viviendo y lo noto traspasarme el cuerpo feo y pequeño que tú abrazabas con tu particular sincronía. Tengo tu piel pegada aún y tus dedos apretados fuertemente, y la risa que te dio Pedro esa noche en mi cabeza como una canción que suena adentro, que te gusta y que quieres volver a oír para capturarla exactamente como es, sin ...

La calle del adiós

Me gustaría no sentir nada. Hacerme de plástico por una etenidad y perder la torturante virtud de la memoria.

En la clase

Un metro y medio más o menos. Seis baldosas. Dani. Una silla. Me flipan sus pelos, su cuello y su camiseta negra. Pero existen demasiadas cosas entre todo eso y yo: Un metro y medio más o menos, seis baldosas, Dani y una silla.

El muro

Rompimos el muro, bajamos la guardia. Ladrillo a ladrillo, con las manos, con los ojos, con los dientes. Muy despacio. El mismo muro que habíamos construido con tanto maldito cuidado y que nos hacía de frontera. La pared donde nunca hubo expresiones de afecto ni muestras de ingenio, nada. Sólo la engañosa transparencia de lo intangible. Pero nos atrevimos a arañar con los dedos entre sus juntas y lo vimos desintegrarse silenciosamente. Ni siquiera quedaron restos a nuestros pies de todo aquello.

Tu ventana era un balcón abierto al pabellón número siete

Dos horas. Dos horas como dos minutos o dos días, sin tiempo aparente. Dos horas delante de tu ventana sin pensar en nada concreto, sólo aliviándome de la necesidad de sentirte cerca. Dos horas mirando tus cristales, tu mesita. Imaginando que más allá estarían tus calaveras, tu armario, tu cama, tu ropa, tú.